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jueves, 29 de abril de 2010

El origen del mundo, de Antonio Varo Baena

Antonio Varo Baena ha publicado en los Cuadernos de Sandua El origen del mundo, un libro que habla sin pudor de la orilla del sexo, frase que se repite en varios de los versos del poemario. Quizás se refiera a esa orilla como ese lugar donde se ha vivido durante un tiempo y que ha dejado al poeta en el desamor y con la fe deteriorada.
El dolor es una constante que se asoma a todos los poemas de este libro lleno de fuerza. En la orilla del sexo, / en tierra agrietada / con dolores torpes / de reptiles como piedras, / vencido el toro esquivo, / manos hueras / manchadas de alcohol y sangre / como virgen violada. / En el siguiente poema dice: Despellejado del todo, / no queda piel por doler / ni esquinas por recortar,/…
Hay una clara evidencia de que el amor le ha provocado un replanteamiento en su concepto. Por eso más adelante podemos darnos cuenta cuando alude a lo que alguien dijo y que tal vez no lo dijo nadie sino el mismo poeta que lo usa para aprender de sí mismo: Alguien dijo con la boca de espinas / que el amor es miseria, / con los labios de menta / sólo piel y sevicia, con sus ásperas manos / un dolor en el vientre. / Y sobre las sábanas arrugadas / daba un postrer quejido, / que nadie sabe, de placer o muerte. / Sin duda el poemario respira desesperanza y muestra la fealdad de las interioridades humanas, pero con la clara intención de mostrar la cruda realidad del amor que se transforma en desamor. Por esta razón el poeta sostiene que el amor es una enfermedad: El amor es una enfermedad de declaración obligatoria, / urgente como la espalda sobre una tapia, ordinaria como una pústula, / alarmante, pues predice el dolor y la muerte. Más abajo dentro de este mismo poema nos aclara qué tipo de enfermedad es esa del amor al decirnos: Una locura muerta, sed sin dueño / fiebre sin cultivo, mentira sin vida / y un estúpido dolor / que sonroja al más sabio. Aquí se ve esa evidencia de que la enfermedad del amor está en la mente que es la que se involucra junto al poderoso sexo.También hay cabida en estos versos para invocar a la soledad inevitable porque el dolor te lleva al desamor, el desamor a la soledad y a la desesperanza. Y todo esto aboca al vacío de la ausencia: Y el silencio hundía su espada / entre la roca de la ausencia. / El poemario va avanzando a través de cada poema para contarnos todo el proceso doloroso que conlleva la enfermedad del enamoramiento, la enfermedad de engancharse a alguien que, como el mismo poeta dice en uno de los versos, sonroja hasta al más sabio. Algo muy interesante que se aprecia es el juego de contrarios en algunos de los poemas. Me parece deducir que el amor y el adictivo sexo son los que acaban llevándonos a la muerte a la que el poeta nombra metafóricamente en muchos de los poemas.
Nos encontramos ante un libro que muerde la verdad y la mastica bien masticada para digerirla lo mejor posible. Sin duda este libro ha sido una vía de escape para el poeta, una manera de buscar salir indemne a través de la escritura poética. El origen del mundo es ese tipo de poemarios que nos cuentan una historia con todos los ingredientes, y con la que todos podemos identificamos porque es la historia de la vida, la historia del origen del mundo. Y en esa historia no falta de nada, desde el desgarro amoroso, la traición, los celos, la ironía, las contradicciones, etc.
He aquí un poema en donde late la fuerza de lo difícil que es superar las emociones fuertes que a veces vivimos los seres humanos.

Como teclas del piano
que en otro lugar suenan,
me clavaste las uñas en la espalda
y así, anclada sobre madera oscura,
aún sigue la soledad bajo tierra
maullando el rescate.

domingo, 14 de febrero de 2010

Paraíso Perdido. Alfredo Jurado


En Los Cuadernos de Sandua se acaba de publicar Paraíso Perdido del poeta y amigo Alfredo Jurado. Un título que ya usó el celebérrimo John Milton en su extensísimo poema narrativo Paradise Lost sobre la caída de Adán y Eva. Alfredo, a diferencia del poeta inglés, usa este título para recordar la pérdida del paraíso de su infancia y de su adolescencia en un lugar privilegiado a las orillas de Córdoba.
El poemario se inicia en su primera parte con un título evocador: El olor de las jaras, donde la Naturaleza y el paisaje de la zona de Córdoba La Vieja están muy presentes y altamente tratados en unos versos acertados y espléndidos.
Desde el primer verso Alfredo Jurado nos lleva directamente al mundo de su infancia: Cuando era pequeño, / y quería que el tiempo corriera a toda prisa, / despertaba temprano, y aún con el pijama / asomaba los ojos por la estrecha rendija / que dejaba el visillo en la ventana. El poeta niño ya apunta a la observación que da el conocimiento de la vida. Y su inquietud ya le entrena para el mundo de la poesía con esa curiosidad por lo que hay fuera, en el mundo externo, el mundo de la luz y de la Naturaleza viva. Más adelante hay un poema muy hermoso en donde, a mi entender, se aprecia una gran influencia de algunos de los poetas del grupo cordobés Cántico: Ricardo Molina y Pablo García Baena.

El otoño solía llegarnos desde el norte,
solemne se acercaba a la ventana,
rozaba los cristales con los labios
y los humedecía.

La tapia del poniente nos traía el crepúsculo;
era el silencio un rito,
un preámbulo, acaso, a la liturgia
con que la cal solía
denunciar la presencia furtiva de los musgos.

Brotaba así un cenobio, la quietud,
para el alado amor de los gorriones.
Era bueno sentirse protegido,
preciso aquel bostezo del porche de la casa
que siempre me ofertaba su cálido cobijo.

Alfredo Jurado hace una ingente mención de los elementos de la Naturaleza para adentrarnos en ese paraíso que él quiere narrarnos en sus versos. Versifica las estaciones del año dándoles movimiento, cambio y devenir. Pero nuestro autor, en esta primera parte del poemario se fija especialmente en dos estaciones: el otoño y el invierno, quizás porque propician un recogimiento, una mística, un sobrecogimiento que son los que hacen crear y expresar al poeta versos tan hermosos como estos: En las mañanas frías de invierno, / una espada de niebla traspasaba la huerta. También se nombran infinidad de animales que forman parte de ese paraíso con mayúsculas, pues sin ellos la Naturaleza no sería Naturaleza. Así hay versos que dicen: En el alero alto de las tejas, / las palomas urdían sus hosannas al alba.. Más adelante, en otro poema, refiriéndose al mochuelo nos habla también de la tristeza, esa tristeza que nos traen las sombras invernales y que nacen tal vez de los cambios que se producen en los cuerpos que van transmutando de niño a adolescente y de adolescente a adulto: Misteriosa y callada, / llegaba la tristeza hasta la puerta. / No pronunció palabra inteligible, / solamente miraba, delegaba su influjo / para los ojos amplios del mochuelo, / que sobre la cornisa, parecía / estudiar persistente todos los movimientos / de los niños que juegan.
No sólo la fauna sino también la flora está muy representada en estás páginas. He aquí una bella estrofa como ejemplo:

Los granados traían el color de noviembre,
pues éste, se acercaba hasta nosotros
tal vez como un prodigio, tal vez como sentencia.
El solano traía su sonata a la tarde,
aroma de las jaras, el canto misterioso de los cucos.
Los cipreses silbaban la tristeza de Orfeo.

La segunda parte del libro Presencia de la Górgona se enmarca más dentro de la urbe en donde el poeta hace patente desde el primer verso dónde se encuentra: Camino muy despacio por las calles / de mi amada ciudad, / lo mismo que lo hiciera aquel oniromante / que ostentó los enigmas de todos los rincones, / de todas las plazuelas recoletas; / allí el tiempo rubrica su pasado / y trepa palmo a palmo las paredes, / dejándoles la huella de todos los inviernos. Es como si un arrobamiento ante la belleza de la ciudad amada le llevara por las rutas misteriosas. Y allí le fuese revelada la profecía cuando dice en el siguiente poema: Sé que regresaré, no sé cuándo ni cómo, / pero sé que lo haré. Estamos en un momento de trascendencia en el que el poeta necesita poseer toda la belleza de una ciudad a la que ama. Y necesita creer y convencerse de que nunca perderá ese paraíso de lo bello que le proporcionan las fuentes o las recoletas plazas. En esta segunda parte del libro el poeta escribe en un tono más elegiaco y con los sentimientos más a flor de piel y no sólo canta a la ciudad de Córdoba sino también al amor: Te conmino esta noche, pues en ella me siento, / pletórico de dicha, / al más profundo cauce de aquel río, / al que pueda llevarnos, / la sensación humana de sentirnos amantes.
Alfredo Jurado ha escrito un poemario con esa dicha encendida de los sentidos y que le provocan ese apego clamoroso del amor a los paisajes que le han hecho sentirse vivo. Y, de alguna manera, siente que eso es un paraíso perdido, imposible de recuperar. Por eso sólo le queda el recuerdo y la soledad expresada en un poema como Epílogo con el que cierra el poemario, y que es como una síntesis del mensaje de este hermoso libro.

EPÍLOGO
Y fuimos expulsados de nuestro paraíso,
sin miramiento alguno desterrados,
desprovistos de alas
desde la inmensa esfera de cristal
que nos daba cobijo.

No pudo haber lugar para el perdón
aunque así lo pedimos,
y rodados caímos por la fatal pendiente.
Muy largo se hizo el tiempo
pues transcurrió con ello una noche muy larga.

Nadie pudo evitar nuestra caída,
ni siquiera la trama de las pámpanas
que extendían sus tallos a lo largo,
ni siquiera un repecho cubierto de hojas secas,
no de una mano amiga.

En la distancia vimos alejada
la más inmensa hipérbole
del celeste cristal, en que habitamos;
y entonces nos sentimos profundamente solos.